- Morderme las uñas y caminar fijándome en los colores del suelo y evitando tener que parar.
- Comenzar a leer desde el final lecturas livianas y olvidar a menudo para qué existe la memoria.
- Mirar raro, tomar ojeriza a determinadas personas, a determinados nombres, a determinadas cosas, todo eso sin motivos.
- Fumar insistentemente y también olvidar hacerlo igual de insistentemente.
- No pinturas en la cara.
- Callarme de largo cuando me apetece, hablar demasiado sin querer.
- Dormir tapada hasta arriba.
- Chocolate
- Chocolate
- Y chocolate.
- Beber agua a morro.
- Los colores lisos y siempre un disfraz de sombra.
- Hacer que soy vieja sin serlo, hacer que soy niña sin serlo, hacer que soy normal sin saber exactamente qué debe ser eso.
- Cucharilla larga para el desayuno
- Ducha eterna y caliente
- Soledad.
- Altavoz al enfadarme.
- Pacifismo y alta dosis de mala leche todojunto.
miércoles, 9 de enero de 2008
jueves, 3 de enero de 2008
Lydia
Son las ocho de la tarde del dos de enero, Loredhi sale de su casa en coche, quizá escapando del silencio que la mantuvo aislada en los últimos días.
Loredhi llega al parking de un centro comercial y baja una planta, dos plantas, y hasta la tercera, por una espiral que le recuerda a las hechuras de su cerebro.
Se fija que aparcó en la zona A. Porque Loredhi nunca se encuentra después en los garajes de los centros comerciales. Por eso se esfuerza en fijarse en este tipo de detalles. Esta vez zona A.
Se quita el ticket de la boca y lo mete en el bolsillo trasero del vaquero, como hace siempre, porque si entra el ticket en el bolso de Loredhi está condenado al extravío y ella lo sabe, y por eso siempre lo guarda en el bolsillo trasero de su vaquero.
Sube por las escaleras mecánicas.
En el primer sótano se comienza a escuchar un villancico por el hilo musical.
Loredhi a veces siente miedo de salir cuando pasa mucho tiempo encerrada, pero hoy decidió hacerlo y mezclarse entre la gente, y eso hace años le hubiera costado más. Porque Loredhi es de carne y hueso y además antisocial.
Suben lentas las escaleras mecánicas y Loredhi fija su atención en unos calcetines de rayas de colores que se mueven ante ella. Los lleva una niña de unos once años que sonríe y mira hacia detrás, a sus padres, juguetona, mientras espera ansiosa que lleguen las escaleras arriba. Los calcetines de rayas de colores resaltan sobre unos mocasines gastados azul marino. A Loredhi le enternece ese detalle. Que no combinen. Ni los calcetines ni los zapatos. Ni tampoco el chaquetón con pelo en la capucha dos tallas más grande. Ni la diadema dorada. Ni la pulsera de bolas negras y blancas que asoma por su muñeca delgada... Ni siquiera su sonrisa franca, deformada por un corrector de dientes, combina con las caras de las demás personas. A Loredhi le enternece esa niña impaciente con diadema y pelo largo porque encuentra que es lo más bonito que esa tarde podrá encontrar en un centro comercial.
Y le entran ganas de abrazarla, porque le recuerda quizá a su hija... o quizá a lo poco que queda de ella misma en una moderna escalera del día dos de enero aparcado en la zona A.
Se llamaba Lydia, y Loredhi decidió después de verla que hoy iba a escribir sobre ella.
Loredhi llega al parking de un centro comercial y baja una planta, dos plantas, y hasta la tercera, por una espiral que le recuerda a las hechuras de su cerebro.
Se fija que aparcó en la zona A. Porque Loredhi nunca se encuentra después en los garajes de los centros comerciales. Por eso se esfuerza en fijarse en este tipo de detalles. Esta vez zona A.
Se quita el ticket de la boca y lo mete en el bolsillo trasero del vaquero, como hace siempre, porque si entra el ticket en el bolso de Loredhi está condenado al extravío y ella lo sabe, y por eso siempre lo guarda en el bolsillo trasero de su vaquero.
Sube por las escaleras mecánicas.
En el primer sótano se comienza a escuchar un villancico por el hilo musical.
Loredhi a veces siente miedo de salir cuando pasa mucho tiempo encerrada, pero hoy decidió hacerlo y mezclarse entre la gente, y eso hace años le hubiera costado más. Porque Loredhi es de carne y hueso y además antisocial.
Suben lentas las escaleras mecánicas y Loredhi fija su atención en unos calcetines de rayas de colores que se mueven ante ella. Los lleva una niña de unos once años que sonríe y mira hacia detrás, a sus padres, juguetona, mientras espera ansiosa que lleguen las escaleras arriba. Los calcetines de rayas de colores resaltan sobre unos mocasines gastados azul marino. A Loredhi le enternece ese detalle. Que no combinen. Ni los calcetines ni los zapatos. Ni tampoco el chaquetón con pelo en la capucha dos tallas más grande. Ni la diadema dorada. Ni la pulsera de bolas negras y blancas que asoma por su muñeca delgada... Ni siquiera su sonrisa franca, deformada por un corrector de dientes, combina con las caras de las demás personas. A Loredhi le enternece esa niña impaciente con diadema y pelo largo porque encuentra que es lo más bonito que esa tarde podrá encontrar en un centro comercial.
Y le entran ganas de abrazarla, porque le recuerda quizá a su hija... o quizá a lo poco que queda de ella misma en una moderna escalera del día dos de enero aparcado en la zona A.
Se llamaba Lydia, y Loredhi decidió después de verla que hoy iba a escribir sobre ella.
martes, 1 de enero de 2008
A medias
Sírvase el café con dos de contradicción, la pasta con sonrisas manifiestas, el último trago aquí.
Pueden caer tres estrellas sobre mí y no verlas. Pueden subir globos de ceniza y no alcanzar la azotea de tu cielo... pero pueden llegar, y hasta pasar de largo, y tropezar con la pared que esconde un muro.
Algo parecido a caminar en redondo o hacia atrás. Algo parecido a esto.
Media mentira y media verdad.
Pueden caer tres estrellas sobre mí y no verlas. Pueden subir globos de ceniza y no alcanzar la azotea de tu cielo... pero pueden llegar, y hasta pasar de largo, y tropezar con la pared que esconde un muro.
Algo parecido a caminar en redondo o hacia atrás. Algo parecido a esto.
Media mentira y media verdad.
lunes, 31 de diciembre de 2007
La noche más tardía
Una noche en la que se consume la última luz del año. Sólo símbolos al fin y al cabo, símbolos que determinan nuestros tiempos e incluso nuestros pasos.
Si hay algo que aborrezco son las frases hechas.
Quedo, pues, muda ante tanta palabrería.
Y aquí dejo, eso sí, mis besos hoy con sabor a uva amarilla.
P.D. Una recomendación: no olviden ponerse el antifaz.
Si hay algo que aborrezco son las frases hechas.
Quedo, pues, muda ante tanta palabrería.
Y aquí dejo, eso sí, mis besos hoy con sabor a uva amarilla.
P.D. Una recomendación: no olviden ponerse el antifaz.
lunes, 24 de diciembre de 2007
El Almendro
Cuando yo era pequeña hacían un anuncio todas las Navidades en el que se cantaba una canción que decía “Vuelve, a casa vuelve … por Navidad…hoy es Nochebuena... tararí tararáaaa”… Se veían imágenes de un joven llegando de viaje con las maletas a la casa de sus padres, siempre muy acogedora, siempre con bombillas de luz tenue, siempre con olor a bizcocho y a horno.
(No coment, vale, sé perfectamente que esas casas no existen...)
A mí me emocionaba bastantes veces, sobre todo al principio, porque lo repitieron durante muchos años y, aunque los decorados cambiaban, la esencia del mensaje perduraba.
Se anunciaba un turrón llamado El Almendro, creo, y éste junto con el Picó y el Suchard de chocolate copaban el mercado turronero de entonces. Igualito que ahora vamos.
Saturada estoy. Pero esa es otra historia.
La nuestra hoy versaba sobre la Navidad, con lo que me carga ya el solo nombre. Pero sí, era sobre la Navidad. Sobre el anuncio de El Almendro del chico que vuelve de la madre que se sorprende. Del dulce único de una emoción.
Hoy lo he recordado.
Y mi ángel de la guarda se llama D A V I D.
(No coment, vale, sé perfectamente que esas casas no existen...)
A mí me emocionaba bastantes veces, sobre todo al principio, porque lo repitieron durante muchos años y, aunque los decorados cambiaban, la esencia del mensaje perduraba.
Se anunciaba un turrón llamado El Almendro, creo, y éste junto con el Picó y el Suchard de chocolate copaban el mercado turronero de entonces. Igualito que ahora vamos.
Saturada estoy. Pero esa es otra historia.
La nuestra hoy versaba sobre la Navidad, con lo que me carga ya el solo nombre. Pero sí, era sobre la Navidad. Sobre el anuncio de El Almendro del chico que vuelve de la madre que se sorprende. Del dulce único de una emoción.
Hoy lo he recordado.
Y mi ángel de la guarda se llama D A V I D.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Loredhi va a la pelu
Mañana Loredhi va a la pelu. Mañana se ha cogido un día de vacaciones, primera porque puede, segunda porque tiene cosas e interesantes que hacer. Entre las cosas, que no entre las interesantes, está ir a la pelu. Poca cosa, color y cortar cortito como siempre, y no secar, porque en su caso es un timo.
Será más o menos perder media mañana.
Mañana Loredhi entrará en la pelu y dará su chupa, la que lleve, y después la mandarán al fondo a la izquierda, donde varias miradas hurañas entre plata y agua le darán la bienvenida. Entonces Loredhi mirará las caras reflejadas y dará las gracias otra vez de que los espejos de todas las pelus del mundo sean mudos.
Loredhi dudará entre si coger una revista de cotilleo o quedarse mirando. Muchas veces se ha quedado mirándose en el espejo, dando gracias otra vez…blablablá blablablá…, y haciendo caras extrañas. En esos momentos se acuerda de un montón de cosas, como de la tita Remeditos que le dice que nosecorteelpeloyqueselodejelargoyprecioso, a lo que Loredhi responde que nidec…casualidadtitaRemeditos,quesimequieresveralgunavezelpelolargomepongopeluca. Siempre es lo mismo. Y también se acuerda, en esos momentos de quedarse mirando, de la rabia que le da tener canas y que a qué mala hora heredó su hermano el mayor el mechón de la tía Euduvigis, porque se ha encargado de pegárselo a todos los demás hermanos por la noche y mientras dormían. O al menos eso dice la leyenda. Que él posaba su mechón sobre la cabeza de un hermano y éste ya había heredado el mechón de por vida, mechón que encima se hacía grande. Un desastre. A Loredhi se lo pegó, y ahora tiene que decir en las pelus, a la chica que siempre es distinta, elcolordesiempre, elmásnaturalquetengas, o elmismoqueteníacuandoerapequeña, y si no lo sabes te lo imaginas. Punto.
No obstante Loredhi mañana hojeará una revista de cotilleo. Y mirará por encima encima la que salen todos retocados, y después se deleitará con la que trae fotos de famosas con celulitis. Porque Loredhi ante todo es humana…
Loredhi mañana va a la pelu.
A Loredhi hoy le apetece escribir un te quiero.
Será más o menos perder media mañana.
Mañana Loredhi entrará en la pelu y dará su chupa, la que lleve, y después la mandarán al fondo a la izquierda, donde varias miradas hurañas entre plata y agua le darán la bienvenida. Entonces Loredhi mirará las caras reflejadas y dará las gracias otra vez de que los espejos de todas las pelus del mundo sean mudos.
Loredhi dudará entre si coger una revista de cotilleo o quedarse mirando. Muchas veces se ha quedado mirándose en el espejo, dando gracias otra vez…blablablá blablablá…, y haciendo caras extrañas. En esos momentos se acuerda de un montón de cosas, como de la tita Remeditos que le dice que nosecorteelpeloyqueselodejelargoyprecioso, a lo que Loredhi responde que nidec…casualidadtitaRemeditos,quesimequieresveralgunavezelpelolargomepongopeluca. Siempre es lo mismo. Y también se acuerda, en esos momentos de quedarse mirando, de la rabia que le da tener canas y que a qué mala hora heredó su hermano el mayor el mechón de la tía Euduvigis, porque se ha encargado de pegárselo a todos los demás hermanos por la noche y mientras dormían. O al menos eso dice la leyenda. Que él posaba su mechón sobre la cabeza de un hermano y éste ya había heredado el mechón de por vida, mechón que encima se hacía grande. Un desastre. A Loredhi se lo pegó, y ahora tiene que decir en las pelus, a la chica que siempre es distinta, elcolordesiempre, elmásnaturalquetengas, o elmismoqueteníacuandoerapequeña, y si no lo sabes te lo imaginas. Punto.
No obstante Loredhi mañana hojeará una revista de cotilleo. Y mirará por encima encima la que salen todos retocados, y después se deleitará con la que trae fotos de famosas con celulitis. Porque Loredhi ante todo es humana…
Loredhi mañana va a la pelu.
A Loredhi hoy le apetece escribir un te quiero.
lunes, 17 de diciembre de 2007
Pues no sé
Es raro encontrarse con días en los que no sabes qué decir. Y digo que es raro, no poco habitual. Que me ocurre unas cuantas veces y que todas esas veces son extrañas.
Entonces te sientas frente al teclado, y comienzas a tratar de imaginar algo que te recuerde una sensación, o un momento, o un globo que pinchas y te inunda; pero todo es etéreo y se va, o te da como risa o pena pero así, sin más, y entonces haces fuerza con la cabeza para fijar algo y... y todo se te escurre. Es fatal.
Y es entonces como en días estúpidos como éste te sientas pero sólo a contar que es raro encontrarse con días en los que no sabes qué decir. Pero digo que es raro, no poco habitual.
Entonces te sientas frente al teclado, y comienzas a tratar de imaginar algo que te recuerde una sensación, o un momento, o un globo que pinchas y te inunda; pero todo es etéreo y se va, o te da como risa o pena pero así, sin más, y entonces haces fuerza con la cabeza para fijar algo y... y todo se te escurre. Es fatal.
Y es entonces como en días estúpidos como éste te sientas pero sólo a contar que es raro encontrarse con días en los que no sabes qué decir. Pero digo que es raro, no poco habitual.
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