miércoles, 10 de septiembre de 2008

Agazapada

Loredhi vive agazapada tras unas rodillas con costras.

Loredhi camina a diario y conduce y comparte su tiempo con personas y piensa, agazapada, en cartas que nunca escribirá. Loredhi recorta las imágenes que bailan a su derecha y a su izquierda y monta un collage esquizofrénico de personajes absurdos y no.

Le sube el volumen.

Loredhi borra nombres e inventa palabras que después olvida. Y es que la memoria a Loredhi se le perdió cuando rodó por aquellas escaleras de Serra con la edad de siete años; aquel día que se le partió el labio de abajo y unas manos de vieja le untaron de aceite de oliva la boca. Esto a Loredhi le da una mezcla de asco y de cariño, pero ya ni a ello vuelve, apenas tiene tiempo para pensar un poco, para enumerar mentalmente listados de cosas, ni para seguir con la frágil manía de llenar sobres de arena para cartas que no llegan.

martes, 2 de septiembre de 2008

Cuatro paredes

Cuatro paredes gotean la vela amarilla,
ríos de voces en el interior del oído de un sordo…
imágenes, angustia que anida bajo el antebrazo
y música intermitente encharcando los dos hemisferios.

Cuatro paredes gotean
sangre sobre la tecla erre
sobre la tecla erre
y ya es roja…
Ufanos fantasmas
asoman la punta de un pie
por debajo de la cortina…

Cataratas…
miedo color rojo en la escalera…

cuatro paredes gotean encierro.

lunes, 28 de julio de 2008

Una joya


El llanto está de fiesta

de María Peiró, mujer y poeta.

Si se pudieran encuadernar las ganas,
si fueran cuadros los minutos
en los que somos ombligo y todo.
Si en cualquier esquina se pudiera colgar el cartel de siempre
para nunca más soñar cuando se pueda.

Porque nadie es la desdicha que se esconde
y ata al mundo,
lo empaqueta,
lo enmudece.

Si pudiéramos encuadernar las ganas
y torcer cualquier tobillo, que doliera,
que doliera entre la tinta, que doliera
y doliera por la sangre, por las normas,
por los charcos de dolor...
que doliera y doliera solo porque el llanto es bueno
y duele.

miércoles, 16 de julio de 2008

Rotación vs. catálogo

Loredhi ya no escribe desde donde comenzó a hacerlo un año atrás. Loredhi cambia, como todo lo que le rodea, y a menudo le cuesta reconocerse... no hace un año, ni hace cuatro, le cuesta reconocerse hasta la mínima expresión a la que se pueda traducir el pasado, hasta un segundo atrás, o menos.

A Loredhi ya no le excita callejear, ni consumir una panoja de maíz a deshoras, ni zarandear percheros con ropas odiosas, ni parecer que charla animadamente en una patética terraza de moda con olor a suelo y orín, a Loredhi le gusta cobijarse tras catálogos ficticios de personas. Están, las que conducen, las que se untan de la modernidad hasta resultar dañinas, las alternativas falsas, las verdaderas, pero que entonces ya no van de alternativas, las que huelen a vainilla, o a coco, o a nada, las que apestan; las circulares o las palo, las peludas y las sintéticas... Las que caminan, las que esperan sentadas en la parada de un autobús, las auténticas, las clónicas, y así hasta llegar al número que sigue al número más alto... Y Loredhi sabe que siempre ha sido alguna de ellas, pero hoy le parece que nunca...

Pasó un segundo y ya todo ha cambiado, hasta el lugar desde el que comenzó a escribir este absurdo texto circular sin título.

lunes, 7 de julio de 2008

Piedras

Loredhi cruza la calle y se sienta en el escalón que separa el aire del asfalto. Flexiona las piernas, se apoya en las rodillas, y observa el ir y venir de las caras de las personas a un año luz de diferencia. Loredhi enciende un cigarro, camina con sus pupilas por encima de la gente, calibra esa ojera, esa saliva, esa camisa sudada pasada de moda… En la casa ya tiene una ventanita por la que fisgonear la podredumbre que hay en venta; algunas noches la enciende y después la apaga y más tarde vomita durante una hora todo pieles de serpientes.

Loredhi ha cruzado la calle, y se viene a sentar en el reflejo de aquel escalón de cemento que arañaba los muslos, se viene a acordar de las cabezas de los piojos ardiendo al sol, de ella flexionando las piernas, adorando a una camada de cachorros, de la textura de una rana, y de cuánto desde las costras en las rodillas…

Loredhi está lejos, ¿la ves? está sentada, casi de cuclillas, en el borde de tu acera baja. La cabeza se le hunde entre las rodillas, y una mujer a su lado se encorva y muere. La mano de Loredhi escarva y juega, juega con la tierra… juega a juntar tres más una, cuatro piedras.

jueves, 19 de junio de 2008

Por las noches

A Loredhi por las noches le visitan los fantasmas. Hace callar a cada tanto a cada uno pero ni con esas. Loredhi visita el mausoleo de los caníbales descalza y con un collar hecho de caballitos de mar. Qué lindo, le dicen, qué lindo collar marino adorna tu cuello. Loredhi escucha, y se da media vuelta y se arranca el cordel... un millón de caballitos se esparcen sobre las tumbas...

A Loredhi por las noches le visitan los fantasmas que sin la luna no se ven.

lunes, 16 de junio de 2008

Cambio de temporada

Domingo noche. Al fin se decide Loredhi a cambiar la temporada de su armario. Esta vez utiliza dos cajas para guardar en lugar de una, quizá porque la ropa de invierno abulta más o quizá porque se desquició un buen día del invierno comprando más prendas idénticas de lo que la gente considera normal.

Esta noche Loredhi busca encontrar nuevos colores para el buen tiempo: rojo, blanco, verde... nunca malva ni amarillo, pero vuelve a ser lo mismo de siempre: marrón, negro, gris, marrón, más de negro, verde militar y algún que otro naranja. Pantalones vaqueros gris, gris más oscuro, azul, azul más oscuro... Y unos piratas bien ceñidos que añoraba...

Después de guardar cada cosa en su cajón, es tarde, y Loredhi no sabe si sentirse bien o si sentirse mal. No encontró nada nuevo, y prefiere mirar hacia la calle y bajar la persiana sin pensar en nada ni en nadie.

Y vuelven las rutinas. En la noche de su espejo, Loredhi encuentra una cara cansada, algo bronceada hoy. Unos pendientes que cuelgan y que molestan al salir, su pelo de chico, unos dientes que se lavan esquizofrénicamente siempre a la misma temperatura, unos ojos castaños que miran raro y que quizá sean su único patrimonio puro, unos pijamas que tapan una piel todavía reacia al desnudo y unos pies de niña pequeña que se enfrían, que se enfrían y pisan despacio para no hacer más ruido de lo que la gente que duerme a esas horas considera el normal.