Domingo noche. Al fin se decide
Loredhi a cambiar la temporada de su armario. Esta vez utiliza dos cajas para guardar en lugar de una, quizá porque la ropa de invierno abulta más o quizá porque se desquició un buen día del invierno comprando más prendas idénticas de lo que la gente considera normal.
Esta noche
Loredhi busca encontrar nuevos colores para el buen tiempo: rojo, blanco, verde... nunca malva ni amarillo, pero vuelve a ser lo mismo de siempre: marrón, negro, gris,
marrón, más de negro, verde militar y algún que otro naranja. Pantalones vaqueros gris, gris más oscuro, azul, azul más oscuro... Y unos piratas bien ceñidos que añoraba...
Después de guardar cada cosa en su cajón, es tarde, y
Loredhi no sabe si sentirse bien o si sentirse mal. No encontró nada nuevo, y prefiere mirar hacia la calle y bajar la persiana sin pensar en nada ni en nadie.
Y vuelven las rutinas. En la noche de su espejo, Loredhi encuentra una cara cansada, algo bronceada hoy. Unos pendientes que cuelgan y que molestan al salir, su pelo de chico, unos dientes que se lavan
esquizofrénicamente siempre a la misma temperatura, unos ojos castaños que miran raro y que quizá sean su único patrimonio puro, unos pijamas que tapan una piel
todavía reacia al desnudo y unos pies de niña pequeña que se enfrían, que se enfrían y pisan despacio para no hacer más ruido de lo que la gente que duerme a esas horas considera el normal.