lunes, 9 de mayo de 2011

O'clock

Seguramente irá a un baile, piensa cada vez que lo ve cruzar la avenida de dos semáforos con la espalda encorvada y un apenas perceptible vaivén de la pierna izquierda, escondiendo a saber qué artrosis, a saber qué cojera de un riñón. Seguro que va a su baile. Camina más ligero que en invierno y ya no le molesta la lluvia. Camina solo, ajeno a los ruidos y siempre anda fumando cigarros con filtro blanco. Nunca entra, es más, nunca mira hacia ella, hacia el ventanal desde donde lo espía sonriendo por verlo aparecer otra vez, con su cazadora fina beige y su pantalón azul petróleo, puntual como un reloj.

Las siete pe eme y desde el ventanal de la cafetería.

miércoles, 13 de abril de 2011

Smoke & Corner

Sale a fumar por la puerta trasera, detrás de la cocina, busca la única esquina donde da el sol y se queda como una gata con los ojos cerrados. Siempre fuma en esa esquina y si tiene que compartir cigarros y humo y conversación se queda inmóvil como marcando terreno con los pies algo separados. Hoy está sola y se mira las zapatilla de lona grises con la puntera blanca y sonríe porque hay un pie ladeado hacia dentro, y le viene cuántas veces lo ha ha hecho sin querer sentada en el asiento del vagón y cuánto de imprudente y de ridículo tiene esa postura. Debe estar relacionado con algo de incomunicación que lleva siempre consigo.

La esquina del muro marca de manera vertical su espalda y se rasca con ella y bromea con lo jodido que es decidir si mirar hacia un lado o hacia otro. Siempre en lugar irregular, siempre educando la mente. Terminar ese cigarro y apagarlo en el suelo es lo único seguro que hay tras este sol.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Lunch

Odia la palabra lunch, que se pronuncia lanch, desde que se la oyó pronunciar a aquella niña que entró nueva en su curso, y que venía de fuera, y que tenía un acento bonito y que se pavonenaba con aquella cola de caballo tan alta, delante de los ojos atónitos de todas, incluida ella. Odió que pronunciara la palabra luch con aquel desparpajo tan atrevido y que además quedaba bien. Recuerda que esa noche, en el espejo de su casa comenzó a pronunciar la palabra lunch, lanch, lunch, lounch... mierda! en la vida podría hacerlo, ni en mil vidas pensó. Odia desde entonces la palabra lunch y es porque la termina de escuchar desde el otro lado de la barra, del mostrador con bollería y donuts.

Coffee door

Cada vez que la puerta de la cafetería se abre el frío se le pega a la piel de la cara, y tiene que sonreir y dar los buenos días y se pregunta qué necesidad habrá de todo esto, del frío, de dar los buenos días a desconocidos cuando no lo desea. Nunca fue actriz y aun así su memoria cada vez más se va estructurando en sketchs de sesenta segundos. Eso ocurre por las noches y también cuando recoge las tazas de las mesas y mira los posos en el fondo y fabula con el destino de quien ha estado ahí, como hace muchos años vio hacer en una película inglesa. Se recuerda viajando sin moverse de esa nube ralentizada que es el cerebro, y mientras se limpia la punta de los dedos en los bolsillos del delantal, se imagina que es más joven, que toma el sol en lo alto de una montaña, que tiene varios gatos que de repente le gustan, que todo salió bien y que eso de que las cosas se tuercen no existe. Se recuerda de niña, callada y relatando hacia adentro un no se qué repertorio de palabras inconexas con la cabeza apoyada en un muro, como un mantra inconsciente y azul; los niños en bicicleta y ella pequeña y morena y con los ojos más abiertos del mundo, hacia adentro también, como los pensamientos. Se imagina todas estas vidas en las que, sin haber sido actriz, es protagonista, mientras descarga adrenalina sacando brillo a unos vasos demasiado poco románticos para estar en esa cafetería.

Out

Comienza a trabajar en el turno de mañana de una cafetería. Ojos de insomne que asoman tras un mostrador de madera lleno de sanwiches preparados y envueltos en plástico. Lástima que todavía sea invierno detrás del gris. Demasiado tiempo para pensar aunque destroce sus manos enjuagando cucharillas y su paciencia abriendo y cerrrando una caja registradora al ritmo del zumbido de la cafetera. Se ha dejado el pelo más largo de lo normal para acudir a su nuevo empleo y le molestan casi más hoy los mechones que le caen sobre la frente que el perfume de esa mujer a las ocho y diez de la mañana que se toma uno solo. Demasiado tiempo para pensar aun queriendo hacer todo lo contrario, vaciar su cabeza igual que vacía el cubo de los restos de comida en plásticos.

miércoles, 5 de enero de 2011

Fechas II

Ya pasó el tiempo de los puños, de la rabia mirando el calendario intentando equilibrar de manera infructuosa, siempre, el cordón artificial que une el corazón a los números. Apretando dientes, llamando a aquella amiga que no tenía nada válido que contar en ese momento, durmiendo con los nudillos y la impotencia de no poder golpear hasta los techos de los sueños.

Pasaron los tachones de las emes y de las pes azotando en trazo ancho e insultantemente estricto el almanaque de la cocina. Pasó el tiempo en que los ojos escocían si las zapatillas se quedaban quietas en el suelo de las habitaciones del lado sur. Pasó el tiempo de aquel frío.

Ahora admite su condición de viajera mujer y maletas sin moverse de la misma casa, despedidas más o menos dolorosas que abren ese espacio de soledad que siempre cuesta habitar.

Desacostumbrarse a que cueste habitar.

Fechas I

Repasa los calendarios cuando se están terminando y las ideas se le resbalan entre los números, entre los dedos que asoman de las bocas del mitón de lana negra. Se tintan de rojo los más importantes y los demás se quedan demasiado pequeños, digitalizados.

Conducir por la ciudad con la memoria llena de números no debe ser bueno. Esconder el brazo antes de querer sujetarse tampoco. Y tampoco debe ser muy saludable.

Descorre las cortinas de su dormitorio para que entre el sol que no circula por las calles, y dicen que es invierno y ella no sabe si es eso o es la altura de los edificios lo que da el frío. Intermitente frío entre el edredón, la pared azul, y las pocas palomas que quedan vivas.

Escuchar canciones de mujeres con la voz rara entre los colores verde y rojo de las fechas. Música que va tocando esas zonas del cerebro erróneamente predispuestas al placer